sábado, 30 de marzo de 2013

CORAZÓN DE MADERA




Ya lo sé. Sé perfectamente que no soy nada importante. Pero aún así, uno tiene su corazoncito

El trabajo es el trabajo, está bien, si hay que bailar, se baila. Aunque ya esté cansado de esa eterna danza nupcial con Colombina no digo nada, salto, giro, muevo la cabeza. Hago, en fin, lo que tengo que hacer.

A los turistas les gusta. Todos nos rodean y sonríen mirando el espectáculo, bajo la sombra de los árboles. Además en El Retiro se está bien, no hace demasiado calor. Es un trabajo agradable. Cuando El Hombre descansa, podemos parar también nosotros, y disfrutamos oyendo al Hombre del Acordeón que se sienta en el banco que hay frente al nuestro. Algunas mañanas están los otros músicos, los que tocan la flauta y los tambores. El aire huele a verde, no hay prisas. Todo el mundo está feliz, a pesar de que la mayoría de la gente no nos echa nada a ninguno, o sólo unos pocos céntimos.

Mis favoritos son los hombres-estatua aunque ahora, con la crisis, apenas tienen ocasión de moverse y la mitad están en casa, con lumbago.

La gente que pasea se para a mirarnos y los niños nos señalan y se ríen. Los enamorados van cogidos de la mano. Como trabajo, realmente no está nada mal.

No, si yo no me quejo del curro.  Lo que pasa es que, aunque seamos de madera, también tenemos nuestros sentimientos, como todo el mundo. Después de todo El -El Hombre- debería darse cuenta de que nosotros dos somos los artistas principales y tratarnos un poco mejor.  

Por ejemplo, lo de ayer. Todo el mundo sabe que Colombina es mi novia, mejor dicho, mi esposa recién casada. Si no, ¿a que viene eso de tanta danza nupcial? No tendría ningún sentido, digo yo. Pues va -El, El Hombre, la fuente de todas mis desdichas- y me deja dentro del baúl y la pone a ella a bailar sola, y la obliga a coquetear con el público, en el día de su boda.

-Estoy buscando un novio -le hacía decir a la pobre, obligándola a comportarse como una desvergonzada- A ver, ese niño rubio de ahí, ¿no te gusto?

 Todos se reían, y no se daban cuenta de que cada vez pestañeaba mas rápido, con sus ojos articulados de párpados de plástico. Así es como lloramos las marionetas, nosotros no tenemos lágrimas. Pero ¡que sabrán ellos! No son más que humanos tontos, llenos de agua, que sueltan por todas partes.

Yo intentaba levantarme para ir a rescatarla, como corresponde a un caballero, pero si nadie tira de mis hilos es que no me puedo mover, no hay manera.

Los dos teníamos el corazón partido.

Menos mal que el chaval -¡que encanto de criatura!- puso al Hombre en su sitio:

- Conmigo no, ¡yo quiero que baile con Arlequín!

Así pude bailar con ella, y mirarla a los ojos e intentar consolarla sin palabras.

Pero esto no es plan. Ya he pensado lo que voy a hacer. Cuando esta noche nos coloque en el baúl, al terminar la función, me dejaré caer sobre Colombina como al descuido, y enredaré nuestros hilos para siempre. Con cuidado, eso sí, para no lastimarla. 

Así no tendrá más remedio que sacarnos juntos. A partir de ahora va a tener que hacernos bailar el vals, como corresponde a dos novios que celebran su compromiso.  

A dos enamorados de madera.



Vera, 5 de Julio de 2011












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