viernes, 29 de marzo de 2013

EL NIÑO DE AGUA





La primera vez que ella lo vio fue en la playa. Estaba en cuclillas, semioculto tras unas dunas, muy cerca de la orilla, y se reía. Llevaba unos pantalones cortos, azules, y una camiseta blanca y estaba contemplando unos pájaros diminutos.  Los pajarillos se acercaban al agua dando saltitos y, cuando llegaba la ola, salían corriendo. Eran olas pequeñas, apenas un barullo de espuma y poco más. Cuando la ola retrocedía, las aves movían rápidamente sus patas finas como palillos, acercándose al agua y de nuevo ¡otra vez atrás!  Al salir corriendo emitían unos gritos agudos, como críos chillando de gozo.   
Y él allí, en cuclillas, reía a carcajadas mirándolos jugar. Después de todo no era más que un niño.
La mujer no dio crédito a sus ojos al verlo. Le pareció que  el tiempo había dado un salto hacia atrás y ella se despertaba de una pesadilla. ¡Tan vivo otra vez!  Todo el dolor se deshacía como un mal sueño.
Al acercarse percibió en él una cualidad distinta, incorpórea,  que no había tenido nunca. A través de la  camiseta pudo ver el azul de las olas. El blanco de la espuma se clareaba a la altura de los tobillos y justo donde comenzaba el nacimiento de su garganta se adivinaba la proa de un barco, que continuaba más allá de su figura, más nítido. 
Ella había salido a pasear desesperada, la falda arrebatada en las rodillas, el cabello enmarañado como manojos de algas oscuras,  buscando no se sabe qué. Aire para sus pulmones que se ahogaban, o quizás sólo un poco de silencio. El dolor, el dolor. Y el verlo allí, tan imposible y tan cercano, jugando con la arena, le pareció tan natural, tan natural –mucho más que ese pequeño cuerpo frío, rígido– tan adecuado para un niño que, más allá de las preguntas sin respuesta –pero ¿me estaré volviendo loca?, sintió que el corazón se le calmaba. De nuevo podía respirar.
­­­Apenas se atrevió a acercarse. Camino hacia él, muy despacio, y vio como se iba volviendo cada vez más transparente, hasta convertirse en una sombra de agua y desaparecer.  Se sentó en la arena y contempló el mar, largo rato. Y se sintió en paz.
Durante toda la primavera volvió a buscarle a diario, siempre a la misma hora, y él siempre estaba allí jugando, corriendo, o dormido entre las dunas hecho un ovillo. No parecía verla. En verano lo encontraba saltando entre las olas, con un pequeño bañador azul, y en otoño lo vio bailar con la lluvia y dormir bajo la barca de un pescador. En invierno los días de viento lo encontraban escondido detrás de una roca, jugando con los escarabajos. Y llegó un nuevo verano y un nuevo invierno.
Y entonces sucedió.
Tal vez fuera la cosa más normal del mundo, pero ella estaba tan absorta, tan ensimismada en su dolor  –se había dejado hacer sin prestar mucha atención en realidad, con una suave ternura distraída– que no se lo esperaba. No era tan joven en realidad.  El se había retrasado tanto… pensó que era un error, pero no.  No había dudas. 
La mujer se acarició el vientre y una leve sonrisa asombrada le floreció en el rostro, otra vez fresco. De nuevo la vida, como el agua, encontraba la rendija para abrirse camino. Se recogió el pelo  y caminó hacia la playa, a buscarlo, y la brisa hacía ondear su vestido.  De alguna manera tenía que decírselo. Atravesó las dunas y lo vio de pie junto a la barca, mirándola con sus limpios ojos redondos. Ojos negros de niño ¡Cuánto tiempo sin verlos! Se apoyaba sobre el pie izquierdo, luego sobre el derecho, y no dejaba de mirarla, sonriente. Sostenía algo en la mano.
Cuando llegó ya no estaba. En su lugar, en el suelo, había un montón de guijarros grandes, redondeados, y en el centro una estrella de mar. Lo cogió todo, lo guardó en los bolsillos, y se volvió a casa.
Y de alguna manera supo que ya no volvería a verle.

*****


Navarra, 11 de febrero de 2013



(Basado en el relato: “Transparencias” de Mario Benedetti)

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