martes, 16 de abril de 2013

LA NAVAJA







Ahí, en el rincón, junto al sitio de los yogures, hay un señor que me mira raro. Tiene “la mirada”, esa mirada que me pone nervioso. Parece como si nunca hubiera visto a un niño de ocho años.

A mí siempre me han mirado mucho. Mamá, (mami, ay, mi mami), dice que es porque soy precioso. Tengo el pelo rubio y rizado, y los ojos azules, y esas cosas a los mayores les gustan. A mí me gustaría más ser alto y fuerte, como mi amigo Mario, y tener muchos músculos, como Superman y todos esos héroes de las películas. Mario siempre me gana en todas las carreras, y siempre mete más goles que yo.

Mario es un campeón, y yo en cambio soy bajito y “eschiquimizado”, o algo así se llama a los que somos flacos. Pero esas cosas a las madres les dan igual, a ellas les gusta más lo de los rizos.

No sé por qué ese señor me mira así, yo sólo he entrado a comprarme una napolitana de chocolate. Ahora también la señora que va con él me mira, y ha pegado un respingo y se ha llevado la mano a la boca. También la cajera está pendiente, y ahora parece que el otro señor del mono azul viene para acá.

No me gusta. No me gusta que me miren. Me da miedo, no me gusta, quiero irme de aquí. Menos mal que tengo la navaja.

Es una navaja muy chula, me la regaló mi padrino, el tío Luis. El tío Luis dice que un hombre siempre tiene que llevar una navaja, sirve para muchas cosas. Para pelar una naranja, para abrir una botella de vino… los mayores, claro.

Mi navaja es automática y tiene una hoja bien grande. Seguro que es cara, el tío Luis me quiere mucho. Lo que pasa… lo que pasa es que con las navajas a veces hay accidentes.

Se están acercando. Quizás quieren cogerme, yo quiero salir de aquí. Me estoy poniendo nervioso. No me gusta ponerme nervioso, después siempre pasan cosas.

Mami, ay mi mami. Le dí muchos besos e intenté despertarla, pero no se movía. Estaba ahí toda quieta en el suelo de la cocina. Quizás mañana esté ya bien, y vuelva a cuidarme.

Yo quiero mucho a mamá, pero la culpa fue toda suya. Me miró raro, justo como me está mirando ese señor ahora. No como ella me mira cuando me abraza y me dice que soy su muñeco. De la otra forma, que no entiendo. Como me mira cuando me enfado, y lo veo todo rojo, y después no me acuerdo de lo que ha pasado.

A mí no me gusta que me miren raro.

Voy a abrir la navaja. El tío Luis dice que las navajas sirven también para defenderse, si alguien te ataca.  Yo la voy a abrir, por si acaso, sólo para defenderme. Lo que pasa es que con las manos pringosas se me resbala. Se me ha olvidado lavármelas antes de salir de casa, y las tengo todas rojas. Mamá va reñirme, ella siempre me dice que me lave las manos.

Aunque ella estaba también hecha un asco, toda llena de sangre.

No sé por qué están mis manos así, a veces me las encuentro  sucias y no sé qué ha pasado. Siempre sucede cuando me he puesto nervioso por algo, pero después no me acuerdo de nada.

Entonces viene esa mirada, justo como ese señor gordo y antipático, que no me deja en paz, con la tonta y fea de la señora gorda. Todos son tontos, feos y malos, el policía también, y las otras dos señoras-brujas-malas que están detrás.

Bueno, aunque la mujer de la caja… esa es simpática, y dice que si quiero dos napolitanas de chocolate.

Dos. Y gratis.

Para cogerlas tengo que soltar la navaja, necesito una mano para cada napolitana.

No sé yo.

Dice que ella me la guarda.

Bueno, está bien, pero después que me la devuelva.

No sé por qué se han puesto ahora todos tan contentos, a los mayores no hay quien les entienda.



Vera, Almería, 24 de Mayo de 2011

 

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