lunes, 4 de noviembre de 2013

ESTA MAÑANA





Hay un hermoso silencio sobre las casas a esta hora de la mañana. Los chalets se alzan blancos y descienden por la ladera hasta llegar a la orilla del mar, derramándose entre palmeras y buganvillas. Es tan temprano que sólo se oyen los pájaros llamándose unos a otros. Pían, silban, gorjean, zurean, cantan como desesperados. Hay gorriones, vencejos, abubillas, alguna perdiz, alguna paloma torcaz. A lo lejos, gaviotas chillando. Hay una especie en particular, sin identificar, que emite un sonido monocorde, obsesivo, siempre bitonal; uh-u, uh-u, uh-u, más parecido al de un despertador que al canto de un pájaro.

El cielo está cubierto, y hay una luz grisácea, blanquecina. El sol se adivina sobre el mar, apenas a un palmo por encima del horizonte.

Una puerta se cierra. Su sonido golpea como un tambor el silencio de la mañana. Después se oye el rugido del motor de un coche al arrancar, que se va disolviendo en la distancia.

Tras la puerta cerrada, en la parte alta de las escaleras, hay un dormitorio, con una gran cama deshecha. En ella, en diagonal, yace una mujer dormida, como barco varado. Una melena rizada, castaña, se desordena por su espalda y lleva un fino camisón de seda azul.

Las puertas del balcón están abiertas, y los visillos, de color crema, se ondulan ligeramente con la brisa.

Esta mañana el mundo está calmado. El aire es terso, tirante. La mujer duerme tranquila sonriendo levemente en sueños, entre almohadas y sábanas revueltas.  El hombre silba mientras conduce.

No siempre ha sido así. No hace mucho tiempo, ─ no hace más de un año ─, en esa cama dormía una mujer distinta.

Las puertas se cerraban de un portazo, los gritos y los reproches competían con el rugido de las olas del mar.

El hombre no silbaba.

La mujer no llevaba un camisón de fina seda azul.

Aquella mujer vestía una vieja bata y zapatillas de paño muy gastadas. Su pelo se encrespaba, a medio peinar.

La nariz afilada, los ojos pardos, el cabello rizado eran los mismos, pero esta mujer, (aquella), era, (se sentía), una mujer distinta, y sus ojos miraban de distinta manera.

El hombre no era éste. No se parecía a este tipo pálido y delgado, medio rubio, que ahora sonríe y se rasca la oreja mientras pone el intermitente para girar a la izquierda. Era moreno y muy alto, de movimientos bruscos y ojos desencajados.

Fue el tiempo de la rabia, el llanto y el desgarro.

Pero hoy, esta mañana, el mundo está calmado.

Las olas son leves, como caricias.




Vera, 7 de Mayo de 2011


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