lunes, 4 de agosto de 2014

DESPISTES




─ Hola, Elisa, ¿Cómo estás? ¿Bien? ¿Por casa todos bien? Pues chica qué suerte, ojalá pudiera yo decir lo mismo. Mira, en el rincón hay una mesa. Trae, dame las bolsas, te las pongo en esta silla.

Se te ve guapísima, que suerte. No hija, yo no, si voy hecha un desastre, pero es que ni ganas de arreglarme tengo.

- No, no nos atienden todavía, por favor, tome nota. Tú querrás un té, como siempre. Yo me voy a tomar mejor una tila. Falta me hace. 

- No, mujer, enfermedades no, gracias a Dios, pero es que Andrés me tiene muy preocupada, está cada día más raro. Por eso te he llamado, para que me aconsejes, porque verdaderamente no sé qué hacer ni qué camino tomar.

Te cuento; tú sabes que él siempre ha sido muy despistado. Yo creo que, como viaja tanto y va a tantos sitios, al final acaba con la cabeza hecha un lío, pero es que la cosa está cada vez peor. Al principio de nuestro matrimonio pasaba mucho más tiempo en casa. Viajaba de vez en cuando, claro, él es viajante, pero venía a casa feliz, me contaba sus ventas, me abrazaba, vaya, lo normal. Entonces no tenía esos despistes tan tontos que tiene ahora.

- No, no, el té para ella, y la tila aquí, y nos deja la nota.

- Bueno, pues el caso es que cada vez le iba saliendo más trabajo, cada vez viajaba más y paraba menos en casa. Entonces fue cuando empezó a cambiar. Al principio eran pequeñas cosas; Por ejemplo, yo noté que ya no me llamaba “Luisa”, sino “cariño”,  incluso una vez me llamó Marta, ¿te lo puedes creer? Después me dijo que era el nombre de una clienta que le estaba dando mucho la lata últimamente. Puede ser, yo no digo que no, pero es que cuando hablaba de las niñas tampoco se refería a ellas por sus nombres. Les decía “tesoro”, “mi cielo”, y cosas así. A mí esa costumbre nunca me hizo gracia, me parecía una americanada. Después empezó a llegar a casa diciendo cosas raras. Por ejemplo, una vez llegó muy contento preguntando que dónde estaba su campeón. “Pero ¿qué campeón ni campeón? ¿De quién hablas?”  Le dije. Pues va y se pone muy colorado y cambia de conversación.

Y así todo.

Hay días que llega a casa y me pregunta “¿Qué, cariño, cómo estás? ¿Se te pasó el dolor de cabeza?”

¡Pero si a mí no me ha dolido la cabeza en la vida!
   
Otras veces parece no recordar cuál es su profesión. No hace mucho me contó que el congreso había ido de maravilla y que le iban a publicar un artículo en una revista científica. Yo alucinaba.

Yo estoy convencida de que tiene un trastorno de doble personalidad. O triple, o cuádruple. Tanto es así que lo llevé a un psiquiatra y le conté lo que nos pasaba. Andrés estaba raro, como nervioso, pero supongo que eso es normal.

Bueno, pues el psiquiatra este, (que para mí que no es más que un cantamañanas), me hizo salir de la consulta y me mandó a dar una vuelta a la manzana, y mientras se quedó a solas con él. Yo no sé qué le diría, pero estuvieron un buen rato hablando. Pues cuando volví me dijo que mi marido no tenía problema psiquiátrico alguno, que estaba más sano que una manzana. Que esas distracciones eran asunto privado nuestro y teníamos que hablarlo entre los dos. Mientras decía todo esto miraba muy fijo a Andrés, como acusándolo. Mi pobre marido en cambio no levantaba la vista, sólo se miraba la punta de los zapatos y se removía en el asiento, más raro que nunca.

Salió de allí disparado.

Yo iba indignada. Pues te diré, cien euros que le tuve que soltar al tipo, para que no me dijera nada. Vamos, ni un tranquilizante le mandó, solo decirle que hablara conmigo.

Como si no lo tuviéramos todo ya más que hablado.

Después de aquello parece que se tranquilizó una temporada, pero últimamente ha vuelto a las andadas y está peor que nunca. Es como si en su mente fuera tres personas distintas, con distintos nombres, profesiones y hasta familias. Yo ya no me acuerdo ni de cómo me llamo, de tanto que se equivoca.

Y por casa, no para. Apenas un fin de semana cada quince días, pero mira, ya me voy acostumbrando y casi mejor, porque no sufro tanto al verlo así, tan desorientado.

¿El dinero? Fatal. Gracias que tengo mi sueldo, que si no…. Con lo que me da no cubro ni el colegio de las niñas. 

- No, mujer, si no lloro, es que se me ha metido una mota en el ojo. Ahora estoy buscando otro psiquiatra, pero que sea de confianza, no quiero que me pase otra vez lo mismo.

- ¿Detective? ¿Y para qué quiero yo un detective? Anda mujer, no digas disparates, pues sí que tienes tú imaginación. Familias de verdad, qué ocurrencias tienes. Si eso que dices sólo pasa en las películas.

- Venga vale, está bien, anoto el número. Y sí, te prometo que lo voy a llamar. Pero sólo para que te quedes tranquila.

- No, no, deja, mujer, ya pago yo. Dame un beso, anda, y muchas gracias por aguantarme. Ya te llamo y te cuento. Pero anda que… Un detective, ¡Je, je! ¡Es que se te ocurren unas cosas!  




Pilar Candau Chacón
Vera, 12 de Mayo de 2011


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