martes, 13 de enero de 2015

OJOS COMO PIEDRAS NEGRAS





… y ella observó como la cara del hombre se alejaba, como si se disolviera en el agua, y sintió una tibia languidez. Apenas estaba consciente cuando...


Elena se estremeció de gusto y se acurrucó un poco más en el sofá lleno de cojines. Soltó el libro un momento para darle otro sorbo al té −no había nada mejor en una noche de invierno que un té calentito y una buena historia de miedo, frente a la chimenea− y a pesar de que la habitación estaba bastante caldeada se cubrió por completo con la pequeña manta de felpa, no dejando fuera más que la nariz. La nariz y la mano que sujetaba el libro. Fuera, en el jardín, se oía el viento silbando y agitando sin cesar las ramas de los árboles.

Sus pupilas claras se dilataron mientras volvía a la lectura; 


… el hombre se acercó y la miró fijamente.  A través de una niebla Helen  vio sus ojos, que eran como dos piedras negras, duras y frías… 


Elena se mordió las uñas. “Genial”, pensó. “!Da un repelús!  A ver cómo se las apaña Helen ahora. Aunque estas son todas medio tontas, seguro que se queda quietecita sin defenderse ni nada. Anda que como me tocara a mí… se iba a enterar”


La chica estiró las piernas, largas y enfundadas en unos leotardos de rayas, las puso sobre la mesa, y se desperezó, con un bostezo.  Miró el reloj sobre la repisa de la chimenea “Las once, ya. Manuel estará al caer”, pensó. Después se dedicó a fantasear  sobre cómo se defendería de su hipotético atacante, y se planteó si levantarse a por unas galletas. De canela, por ejemplo. Qué buenas.


De repente, en el silencio de la habitación,  oyó una especie de crujido, sonaba algo así como Crraaaaccckkk…


Elena se sobresaltó. Que tonta, si sólo era un tronco de la chimenea, que había crujido al partirse, medio carbonizado. Ahora el trozo que se había desprendido estaba a punto de caer fuera del hogar. Se levantó y lo empujó con el atizador, y, ya de camino, aprovechó para traerse las galletas de la cocina. Mordisqueándolas volvió a coger el libro de nuevo;


 … como dos piedras negras, duras y frías. Ella se sintió caer en un profundo pozo…


Ahora fueron unos golpes flojos. Ploff, ploff. Ploff.


Un silencio. Y de nuevo, otra vez; Ploff, ploff.


Sin duda eran las ramas del ciprés que se alzaba cerca de la ventana. Ese árbol tenía un no sé qué de siniestro, más de una vez había estado a punto de cortarlo. Al final no se había decidido, como nunca se decidía a hacer nada que supusiera ningún cambio en la casa, que tenía más de cien años. Lo entendía como una especie de traición.  Manuel a menudo se lo echaba en cara;  “Manuel, no cambies nada, no toques nada. Joder, si parece que soy un invitado en mi propia casa. Estaríamos mucho mejor en un piso en el centro, en vez de andar tirando de este caserón. Y nos darían una pasta por la parcela”. Sin embargo Elena nunca le hacía caso. Cierto que era una casona grande y destartalada, anticuada y difícil de mantener, pero era la casa de su infancia, y la adoraba. Soñaba con ver crecer a sus hijos en ella, cuando los tuvieran. Le encantaría  verlos corretear por el jardín, romántico y lleno de rincones, y  además, ¿qué mejor lugar para leer historias de miedo? 


Sin embargo al ciprés necesitaba un repaso, ese ruidito ya la estaba fastidiando. Se levantó y comprobó las fallebas de las ventanas. Estaban medio sueltas, también habría que arreglarlas. Mañana se lo comentaría a Manuel, que, por cierto, ¿dónde se había metido? Las noches eran para que un hombre estuviera en su casa, con su mujer. A saber qué historia se inventaría hoy. Elena frunció un poco el ceño y continuó; 


… se sintió caer en un profundo pozo…


Chhiiiirrririii….. 


¡Mierda! ¡Y ahora la maldita puerta, o ventana, o qué sé yo, chirriando!  ¿Pero es que no había manera de que pudiera leer tranquila?  Y también se oía algo más… como un susurro suave, como un ruido de arrastrar pies, o como si alguien anduviera descalzo… “Me estoy volviendo paranoica”, suspiró Elena, intentando tranquilizarse y mirando de refilón hacia la puerta. “Será el libro este, voy a acabar de los nervios, pero ¿qué será eso? ¿Una rata en el desván? ¿Otra vez?  Lo mismo sí, lo que nos faltaba, aunque las casas viejas crujen mucho, están llenas de ruidos”


Se acercó a la chimenea para avivar el fuego que se estaba consumiendo, pero no merecía la pena echar más leña, era ya muy tarde. Al coger el atizador lo contempló pensativamente.  Empujó las brasas y, sin soltarlo, volvió al sofá y lo colocó a su lado, al alcance de la mano. “Es una tontería, pero por si acaso”  


 …  en un profundo pozo, mientras oía un rumor suave, como unos pasos afelpados…


“¡Joder!” Ahora sí que es verdad que había oído algo, como un carraspeo. Elena agarró con fuerza el atizador y procuró calmarse, encogiéndose más entre los cojines. Ya estaba prácticamente enterrada en ellos y el corazón le latía desbocado, amenazando con salírsele del pecho. “Es pura sugestión” pensó. “Ay, Dios. ¿Cuándo coño va a venir Manuel?  Vamos, Manuel, ven. Más vale que me distraiga y piense en otra cosa, a ver Elena, venga, cálmate. Respira despacio. A ver que nos cuenta la amiga Helen” 


… un-rumor-suave-como-unos-pasos…


… un-rumor-suave-como…


… suave-como-unos-pasos-afelpados…


Elena lo sintió, sin verlo. Sintió su respiración, unos pasos detrás de su espalda. Notó la habitación repentinamente más fría, y un olor acre en el aire. Debía haber entrado por la ventana, a pesar de todo. Esas fallebas... No se atrevió a volver la cabeza, permaneció acurrucada completamente quieta y casi sin respirar, intentando sumergirse en la lectura de una manera absurda, escaparse en el libro mientras el corazón se le salía por la garganta, como si eso le fuera a permitir escapar de esa habitación vacía, en penumbra, con un fuego que apenas crepitaba en la chimenea. Escapar de esa habitación en la que el viento hacía golpear contra las ventanas las ramas de un ciprés que parecía recién sacado del cementerio. De esa habitación amplia, desolada, en la que alguien −un hombre− respiraba jadeante a unos pasos de su nuca.


Elena se sintió desfallecer y un sudor frío la invadió. Apenas estaba consciente cuando el hombre se acercó y la miró fijamente. Y, como a través de una niebla, ella vio sus ojos, que eran como dos piedras negras, duras y frías…

                                                                                       



Pilar Candau Chacón

Vera, 31 de enero de 2013



NOTA: Relato ganador del XII Concurso de Relatos de Invierno, convocado por el periódico El Ideal.

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